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miércoles, 17 de octubre de 2012

Cómo trabajar con un jefe que no toma decisiones


Interesantes reflexiones extraídas del artículo de Angela Mendez en Expansion.com
Pilar Jericó, socia directora de Be-Up, recuerda que “en una situación como la actual, la velocidad es una de las claves de la dirección. Si no se toman decisiones a tiempo, el problema puede ser la pérdida de negocio porque la competencia se haya adelantado”. David Comí, socio director de Incrementis, puntualiza que “no tomar decisiones es entrar en un terreno de no actuación, pérdida de control de la situación y lo más grave: indefinición en las acciones a tomar en la empresa y en los objetivos de los colaboradores, llevando a la confusión, variación de criterios y postergación de decisiones”.
Las consecuencias negativas de esta manera de actuar son evidentes y, además de afectar a los resultados empresariales, provocan daños importantes en el grupo de colaboradores que coordina. El jefe siempre debe ser un modelo a seguir y un referente, y cuando su comportamiento evidencia falta de criterio y determinación, la consecuencia inmediata es la desmotivación de los profesionales que trabajan con él. Asimismo, un comportamiento reiterado de este tipo en la cúpula directiva puede ocasionar que los profesionales decidan abandonar la empresa con la consecuente pérdida de talento.
Para José Manuel Casado, socio fundador de 2C Consulting, esta situación no suele ser habitual, pero si se produce, hay que buscar las causas y averiguar si este comportamiento tiene su origen en una falta de competencia o de voluntad. Este último caso mucho más grave.
Este experto en gestión de personas también recuerda que “a menudo se cumple el Principio de Peter, formulado por P.J. Laurence, que sostiene que en una jerarquía todo profesional tiende a ascender hasta alcanzar su nivel de incompetencia”. En estos casos, lo que ocurre es que el directivo duda demasiado y comienza a sembrar la inseguridad en su entorno.
Jericó confirma que “normalmente, cuando un jefe no toma decisiones suele ser por miedo o inseguridad. Si el colaborador lo evidencia, el resultado no siempre es previsible”.
Cómo actuar
Ante una situación como ésta los expertos coinciden en que los colaboradores deben actuar y hablar con el interesado. Para Casado, es esencial que el profesional conozca a su jefe y se atreva a decirle las cosas cara a cara, siempre desde el respeto, la madurez y con una orientación constructiva. Y, por supuesto, que el directivo sepa admitir y asimilar el feedback de su equipo.
Comí considera que la responsabilidad de este comportamiento no recae sólo en el profesional que está a cargo de un grupo: “Para que un jefe pueda o quiera tomar decisiones, el equipo debe presentar una actitud proactiva en presentar propuestas, alternativas o soluciones viables para que el superior pueda escoger, valorar y finalmente tomar decisiones”. El socio de Incrementis hace especial hincapié en que “el empleado no debe esperar a que el jefe quizás, tal vez o en tal momento, decida o no. Debe ayudarle a que tome decisiones, presentándole propuestas y también proponer plazos de ejecución estableciéndole fechas de decisión”.
Respecto al papel de los colaboradores, Jericó señala que “en organizaciones con estructuras planas es recomendable que el empleado tome decisiones, aunque si la empresa resulta muy jerárquica, puede no ser adecuado. Por ello, siempre es bueno utilizar la técnica de la influencia, la mano izquierda, conducir la conversación hacia la decisión a la que hubiera llegado él o ella”.
“La opción de elevar la queja a un eslabón superior solamente debe ser contemplada cuando al jefe se le han ofrecido las propuestas necesarias para que tome la decisión y no lo hace”, recomienda Comí.

domingo, 6 de febrero de 2011

¿Jefes influyentes o directivos perversos?

Expansion.com/Expansion y empleo 03.02.2011

Montse Mateos


Tiene contactos, buena mano con los clientes y es un ‘crack’ cuando se trata de dirigir. Si su jefe cumple estos requisitos, enhorabuena trabaja bajo las órdenes de un directivo que le ayudará a crecer personal y profesionalmente. Pero cuando esa influencia se utiliza en beneficio propio, desaparece la virtud y a lo que se enfrenta todos los días es a un jefe perverso y egocéntrico capaz de destruir lo que encuentra a su paso para alcanzar sus objetivos.

El carisma, los valores y la ética son los ingredientes que cocinan a los jefes influyentes, esos seductores incorregibles capaces de vender hielo a los esquimales con sus ideas, convertir una caída de resultados de negocio en una aliciente positivo para trabajar con ilusión y que casi nunca necesita utilizar ni la amenaza ni el castigo para lograr que su equipo funcione.

Un jefe influyente es envidiado por sus iguales y admirado por sus colaboradores porque, como explica Gustavo Piera, presidente del Grupo CMR, "ayuda a su equipo y las personas que tiene a su cargo son conscientes de que les llevará por el buen camino y les echará una mano para crecer, aunque tenga que prescindir de alguno de ellos porque surge una buena oportunidad". Es sencillo reconocer a estos profesionales por su camaradería y su sano sentido del humor. No se cortan cuando se trata de explicar cómo hacer las cosas porque existe un motivo, una razón que ellos han detectado y se ocupan de dar a conocer con todo detalle para que no vuelva a suceder.

También Puri Paniagua, socia de Neumann, ha detectado las virtudes de este directivo modelo que "da instrucciones precisas dejando un espacio para crecer, influye en los profesionales y también les da un reconocimiento público a su trabajo. Tienen una prioridad, las personas y el beneficio de la organización, el resto es secundario". Ovidio Peñalver, socio director de Isavia, reconoce que es muy fácil seguir a estos ejecutivos porque no necesitan más que ser ellos mismos, sin tapujos, para lograr que "colaboradores y clientes les sigan por sus ideas porque son atractivas, novedosas y, también, porque despiertan la confianza, tienen una buena imagen pública y son cumplidores, dos valores que intentan trasladar a su equipo”.


De la influencia a la perversidad


Si llegado a este punto empieza a preguntarse dónde estarán esos dechados de virtudes y que su jefe dista mucho de cumplir alguno de esos requisitos estrella, quizá se encuentre ante la cara más oscura de la influencia: La perversidad. Y cómo para vencer al enemigo no hay nada mejor que convertirse en aliado, quizá le interese saber que muchos jefes que se jactan de tener un agenda repleta de buenos contactos, sólo los aprovechan en su propio beneficio. Peñalver dice que si el buen jefe piensa en que ganen los demás es un jefe ético: "Es lícito y lógico que un jefe líder quiera ganar y aprender con lo que hace. Pero cuando se hace desde la prepotencia y el egocentrismo, las cosas fallan. Es una manera de ser que no se puede ocultar".

Es lícito y lógico que un jefe líder quiera ganar y aprender con lo que hace. Pero cuando se hace desde la prepotencia y el egocentrismo, las cosas fallan. Paniagua asegura que esa actitud egoísta por querer controlarlo todo haciendo uso de una influencia perversa, "más que inseguridad denota una obcecación ciega en su beneficio personal. Lo que en realidad les preocupa es que el resto sean de su propia condición, por eso les ve como una amenaza". Este tipo de personajes ordenan, mandan y, como dice Piera, "si el liderazgo sano busca el crecimiento de los demás, este jefe se vale de los demás para crecer e influye en la gente dándole lo que quieren oír para crecer y que se conviertan en la catapulta que le haga llegar a lo más alto". Los buenos jefes saben que si los profesionales que hay a su alrededor crecen, eso les hará más grandes. El líder perverso sólo piensa en sí mismo, le ha costado llegar y nadie le arrebatará lo que se ha ganado, de una u otra manera.

Para aprende a controlar el ego de estos ejecutivos, Paniagua recomienda hacerles escuchar y ampliar su rango de visión. "Lo más complicado para un alto directivo es manejar a una persona influyente perniciosa pero muy buena en su trabajo. Venden muy bien los resultados y eso les hace grandes de cara a la galería. Es difícil que los de arriba se den cuenta de que no actúan con ética pero un mal clima laboral o una rotación elevada en su equipo son algunos detonantes que conviene vigilar. A la larga, este tipo de liderazgo puede destruir el buen ambiente y reducir los resultados".

Conclusión: Si tiene un jefe influyente mímelo y si, por contrario, la perversión llega unos límites insoportables… quizá debería plantearse un cambio de jefe o de empresa, porque hay actitudes que acaban contaminando todo lo que hay a su alrededor.

martes, 13 de octubre de 2009

Manual para jefes, el economista.es

ARTICULO DE EL ECONOMISTA.ES.

Manual para jefes: visión de un periodista
Carlos Salas

Mi primer cometido como jefe de un periódico consistió en traer un perchero. Parece una tontería, pero si las cosas más sencillas no se resuelven, el equipo pensará que su jefe no le hace caso.

Es increíble la cantidad de detalles que pueden entorpecer el trabajo de un grupo de personas en una oficina. La falta de un simple perchero para colgar los abrigos, o el hecho de que haya un televisor en un departamento y en otro no, se convierte en un inquietante malestar.

Lo digo porque mi primer cometido como jefe en un periódico consistió en traer un perchero e instalar un televisor en mi departamento. Parece una tontería, pero si las cosas más sencillas no se resuelven, el equipo se pregunta qué pasará con las más peliagudas. El equipo pensará que su jefe no les hará caso, no escuchará sus peticiones.

Y eso es precisamente lo que debe hacer todo jefe: escuchar a su gente y poner en marcha las ideas, arreglar los desperfectos, mejorar el sistema de trabajo y hasta procurar que el aparato de aire acondicionado funcione correctamente en verano.

Una estancia agradable
Gestionar un grupo humano requiere ocuparse de esa clase de detalles y de muchos más, es decir, hacer la estancia en la oficina lo más agradable posible pues ese tipo de cuestiones se pueden resolver.

Lo que ya es más difícil de resolver son otras cuestiones como el salario (todos queremos ganar más), los roces (inevitables pues Dios nos creó diferentes), las broncas (alguna vez nos teníamos que equivocar) y sobre todo, los problemas personales que arrastra cada vida humana en este mundo, y que afectan tanto a nuestro comportamiento, que ocasionan una profunda caída del rendimiento personal.

Cuidar estos detalles no sólo es un deber humano sino que tiene una gran compensación: fomenta las relaciones de grupo y afianza la fidelidad. Y, desde el punto de vista puramente empresarial, es incluso rentable porque la gratitud se convierte en productividad y esfuerzo.

¿Qué es liderar un equipo?
Saber llevar a un grupo humano es una de las habilidades más cotizadas de nuestro mundo. Poner orden, tomar decisiones, procurar que todo fluya como la sangre en un cuerpo sano, presionar a los redactores para que todo salga a tiempo, estimular al equipo para que vaya a la caza de exclusivas con entusiasmo.

Un jefe impone un método racional y eficaz de organización del trabajo, y cuando falta esa condición, se crea un aborrecible clima de ansiedad: se producen choques y encontronazos, o bien, eczemas en la piel, desmayos y hasta enfermedades psicológicas que merman la capacidad creativa y la productividad de los equipos humanos.

Creo que la salida a este callejón, como cualquier cabeza con dos dedos de frente vislumbra, recorre un camino que va de la cúspide a la base. Los directores tienen que ofrecer a sus subordinados herramientas y facilidades, además de disposición personal, para que ese remolino humano se transforme en una maquinaria engrasada de gran eficacia. Es decir, que las órdenes muestren respeto por el trabajo humano.

Grandes ideas... ¿órdenes estúpidas?
Cuando no se conocen bien las habilidades de un equipo para cumplir su tarea en un tiempo limitado, las “grandes ideas” se convierten en órdenes estúpidas. Como jefe intermedio, he sido víctima de esa clase de ocurrencias absurdas que, al ser transmitidas a la tropa, producen desconcierto, y he llegado a la conclusión de que todo procede de la ignorancia.

Los jefes que no conocen perfectamente la carga de trabajo y los problemas de sus soldados, acaban por crear un estado de enfado permanente. Teóricamente, el periodismo debería ser uno de los trabajos más satisfactorios del mundo, pero cuando uno habla con un periodista tiene la impresión de estar escuchando a Tántalo: no disfruta con su quehacer; está hastiado, cansado y nervioso. Interiormente desgarrado.

El recuerdo del buen jefe
Eso explica que uno recuerde con tanto cariño a sus jefes ejemplares, y tenga el corazón lleno de espinas cuando acude a la memoria la imagen de los jefes que nunca debieron serlo. Conozco casos de equipos compactos y solidarios que han sido hechos trizas y desmembrados a causa de una persona que no supo organizarlo, una persona desconfiada, neurótica y cruel.

Está claro: la asignación de ese puesto a una persona torpe fue un error de proporciones inmensas que trajo consecuencias incurables. Fue un error “de los de arriba”, por supuesto, y en vez de eliminarlo rápidamente como se elimina una pieza defectuosa en una fábrica de coches, se persistió hasta el final, varios años incluso. Fue como inocular un virus en un cuerpo sano. Al cabo del tiempo, aquel equipo extraordinario cayó enfermo y se extinguió.

No fue una cuestión mecánica lo que falló en ese caso, sino una cuestión humana. Los roces personales son el principal problema que afrontan las empresas de cualquier tipo: la incomprensión, el recelo, la desconfianza, las puyas, las zancadillas, la falta de solidaridad, la maldad humana y la incompetencia.

Los manuales del “buen jefe” escritos por especialistas dicen que un líder se destaca porque “une al equipo”. No estoy de acuerdo. Un líder trata de no desintegrarlo. Los equipos están formados por personas diferentes, cada una con sus manías, y la tendencia natural es la desunión.

Olvidar los defectos
A veces, uno piensa que sólo les mantiene unidos el hecho de que todos cobran su salario a fin de mes. Pero la convivencia humana está basada en pasar por alto los defectos de tu pareja, de tus amigos y de tus compañeros de trabajo, para hacer algo provechoso. Si nos pasáramos todo el día sacando a relucir los defectos de los demás, no habría sociedades, ni familias, ni tribus.

Por eso, un buen jefe es aquel que sabe trabajar incluso con la gente que le cae mal, y con aquellos a los que cae mal; aminora el efecto perverso de las intrigas, y promueve la colaboración. Los grupos humanos no están formados por personas con la misma capacidad de trabajo, inteligencia, imaginación ni resistencia. Pero cada miembro debe aportar lo mejor de sí mismo.

Una persona, un manual de jefe
Pienso que nos pasamos la mayor parte de nuestras vidas en el puesto de trabajo, tratando a compañeros que son como nuestra familia, y no hay nada más edificante que un jefe que se encarga de mantener eso que definimos como "buen ambiente".

A pesar de la importancia de conocer estas reglas de mando, no tengo conocimiento de que en las Facultades de Periodismo exista alguna materia relacionada con la jefatura. Parece como si para el resto de su existencia, los recién licenciados estuvieran predestinados a ser soldados rasos. Pero está claro que en un momento de su vida alguien se fijará en ellos y decidirá darles "la patada hacia arriba". Y como no existe un manual de jefe, tendrán que escribirlo ellos solitos con la pluma de la experiencia y el tintero del instinto.